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Cuando hablamos de la
apreciación sensorial de un vino, necesitamos “activar”
todos nuestros sentidos y dirigirlos al total disfrute de la
copa.
La cata pone en juego una secuencia de
estímulos sensoriales que son los responsables del sabor y
los aromas que encontramos en un vino. Cuando estos
componentes se encuentran en cantidad suficiente, ciertas
moléculas tienen la propiedad de despertar las terminaciones
sensibles de las células nerviosas de nuestros sentidos.
Se dice entonces que el vino huele a algo
o tiene un sabor particular. Cuando se disfruta del vino
distraídamente, estas sensaciones forman un todo.
Paro cuando hacemos este trabajo (más que
entretenido, por cierto) atentamente, podemos separar,
ordenar e identificar algunas de las impresiones más
dominantes. En la cata intervienen los estímulos visuales,
olfativos y gustativos, a los cuales se añaden los
receptores táctiles y térmicos de la cavidad bucal.
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Fase visual
La fase visual se refiere fundamentalmente a la transparencia y el
color (teniendo en cuenta la intensidad, las tonalidades y
los reflejos).
La apariencia externa de un vino da
indicios de otros datos como fluidez, viscosidad,
desprendimiento de gas carbónico, entre otros.
El color informa sobre el cuerpo, el año
de cosecha y el estado del vino.
La intensidad no determina la calidad,
pero anticipa lo que será su estructura, el cuerpo y su
retrogusto o recuerdo. Color y taninos van generalmente muy
unidos en los vinos tintos; si el color es fuerte y
profundo, el vino muy probablemente sea fuerte y con buena
presencia al momento de la degustación.
Los matices de un vino indican su grado de
evolución. Los más jóvenes tienen tonos vivos, violáceos o
rubíes debido a los antocianos obtenidos de los hollejos.
Con el paso del tiempo, al desaparecer los antocianos, el
vino atenúa su coloración, mostrando tonos ladrillo o teja.
También con los vinos blancos sucede un proceso similar,
pudiendo encontrar desde tonos pálidos acerados con reflejos
verdosos hasta dorados intensos con matices ocres.
* Fase olfativa
El olfato reconoce y clasifica las sustancias volátiles de las
moléculas disueltas en el aire, bajo la condición de que
sean solubles en la mucosa olfativa y tengan olor.
Los aromas dependen del viñedo, la cepa,
el tiempo de crianza en maderas (si lo tuvo), su método de
elaboración, entre otros. Como regla general, los olores se
clasifican de acuerdo a sus orígenes, según éstos provengan
del viñedo, de la vinificación o de su crianza. Los aromas
primarios constituyen el conjunto de sensaciones
desprendidas del fruto (principalmente de los hollejos),
siendo aromas que recuerdan a frutas, especias y flores. Los
aromas secundarios aparecen en el proceso de fermentación.
Los olores que en esta etapa se originan, se atenúan
progresivamente, dando paso al cabo de unos años al bouquet.
El bouquet es una mezcla de perfumes complejos que exhala el
vino viejo en la copa, desarrollado durante el
envejecimiento a partir de los aromas primarios y
secundarios. Se suele llamar aroma terciario.
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Fase gustativa
Los órganos receptores gustativos están localizados sobre todo en
las papilas de la lengua. Cada papila tiene yemas gustativas
que reúnen una decena de células gustativas.
No hay que pensar que una de esas yemas
esté especializada en un solo tipo de sabor. Algunas poseen
sensibilidad simultánea ante los sabores dulces, ácidos y
amargos; pero otras perciben solamente dos de estos sabores
o incluso solo uno de ellos.
Existen cuatro sabores elementales: dulce,
salado, amargo y ácido. Estos cuatro sabores se
complementan, a veces, con un quinto, que es el umami
(propuesto por los japoneses y mucho más presente en la
alimentación occidental). |